Los autores bíblicos y los copistas antiguos no usaban papel como el de nuestros cuadernos. Utilizaban los materiales disponibles en su época:
Papiro: Elaborado con los tallos de una planta acuática que crecía junto al río Nilo. Las tiras se entrelazaban para formar hojas y rollos. Aunque era económico, era frágil y el paso del tiempo o la humedad lo destruían con facilidad.
Pergamino: Hecho de piel preparada de animales (ovejas, cabras o terneros). Era mucho más resistente, duradero y costoso que el papiro.
Códices: Con el tiempo, en lugar de usar largos rollos difíciles de desenrollar, los cristianos comenzaron a doblar las hojas y coserlas por el lomo. ¡Así nació el formato de libro moderno!
Durante siglos, la única forma de multiplicar los escritos era mediante copistas profesionales llamados escribas.
Especialmente entre el pueblo judío (los masoretas), el proceso de copia del Antiguo Testamento era extraordinariamente riguroso:
Contaban cada letra, palabra y línea de cada manuscrito.
Si cometían un solo error al copiar el nombre sagrado de Dios, debían desechar toda la página y comenzar de nuevo.
Sabían exactamente cuál era la letra central de todo el texto para verificar que nada se hubiera añadido ni quitado.
Al copiarse miles de veces a mano durante más de mil quinientos años, existen pequeñas variantes entre manuscritos (como diferencias ortográficas o inversión de palabras). Sin embargo, la Biblia es, por mucho, el documento de la antigüedad mejor conservado y respaldado en la historia de la humanidad.
La abundancia de manuscritos: Mientras que de otros libros antiguos (como las obras de Platón o Julio César) solo se conservan unas cuantas decenas de copias con siglos de separación del original, del Nuevo Testamento poseemos más de 5,800 manuscritos en griego y más de 18,000 en otras traducciones antiguas.
Los Rollos del Mar Muerto (1947): En unas cuevas cerca del Mar Muerto se descubrieron rollos antiguos de la Biblia que tenían más de 2,000 años de antigüedad. Al comparar el rollo del profeta Isaías (escrito hacia el 100 a. C.) con las copias más recientes que teníamos del siglo X d. C., ¡el texto era idéntico en más del 95%! El 5% restante consistía únicamente en variaciones menores de ortografía.
Frase clave: "Dios no solo se encargó de inspirar su Palabra al principio; también preservó de manera providencial su mensaje a través de los siglos para que hoy tengamos en nuestras manos un texto totalmente confiable."
La Biblia se escribió originalmente en tres idiomas:
Hebreo: La mayor parte del Antiguo Testamento.
Arameo: Algunas partes pequeñas del Antiguo Testamento (como pasajes de Daniel y Esdras).
Griego Koiné: Todo el Nuevo Testamento (el lenguaje popular del Imperio Romano).
Gracias a la labor de traductores de todas las épocas, hoy no necesitamos aprender idiomas antiguos para escuchar la voz de Dios; podemos leer su mensaje claramente en nuestro propio idioma.
Manuscrito: Un documento escrito totalmente a mano antes de la invención de la imprenta.
Autógrafo: El documento original escrito directamente por el autor bíblico (o dictado por él).
Masoretas: Escribas judíos que preservaron y copiaron minuciosamente el Antiguo Testamento entre los siglos VI y X d. C.
Códice: El formato antiguo de libro con páginas unidas por un lomo, precursor de los libros actuales.